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Palermo puede ofrecer más
Del editor
14/02/2024
Revista Palermo
Tal vez a su pesar, a Palermo le va bien con las carreras, el segundo o tercer negocio de la compañía reunida bajo la firma Hipódromo Argentino de Palermo SA (Hapsa). Ya se sabe: a los efectos de sostener su estructura de entretenimiento y gastronomía es menester que cumpla con el requisito del pliego de condiciones de la adjudicación del rico terreno de Libertador-Olleros-Dorrego-FC Mitre, que obliga a organizar pruebas hípicas.
Se han hecho muchas cosas desde que en 1992 Hapsa se hizo cargo del hipódromo en medio de la ola privatizadora de la primera administración de Carlos Menem, cuando las empresas de energía eléctrica y de telefonía, por caso, se dividían y ampliaban sus fructíferos negocios. Pero Palermo era otra cosa. Invirtió la Banca Nazionale del Lavoro, que se retiró antes de que llegaran las tragamonedas. El turf no tenía nada que ver con un emprendimiento de luz, gas o teléfonos.
Esa etapa se superó en el siglo XXI, pero hasta llegar a eso ocurrieron situaciones que pusieron a Hapsa al borde de abandonar el barco (el gerente Federico Spangenberg lo contaba en una entrevista en Palermo Blanca). El oxígeno de los slots llegó con tanta fuerza en los 2000 que el presidente Néstor Kirchner, cinco días antes de dejar su cargo, prorrogó la concesión del hipódromo Argentino, que finalizaba en 2017, por quince años, hasta 2032, y “obligó” a la compañía que preside Federico de Achával a instalar 1500 máquinas más.
Lo cierto es que del paisaje lunar que ofrecían los cráteres del Paddock a finales de los 90 se pasó a esta realidad de piso mullido para los caballos que hacen el paseo en la redonda de exhibición o entran en la premiación; a las mejoras en la fachada que la volvieron objeto de fotógrafos aficionados y no tanto, aún sin carreras; al vidriado de la Oficial que deja boquiabiertos a los nuevos visitantes; a la pantalla gigante… y a la pista de césped.
La idea de Antonio Bullrich de traer el pasto a Palermo era irreprochable, hasta que se comprobó que los codos reducidos y afilados, diferentes de los que son tradición en los máximos escenarios nuestros por su amplitud, obligan a derrapar muchas veces. Por esto y por la necesidad de abrirse a media cancha y más allá en la recta -para evitar también un sector menos firme-, se escuchan voces que añoran la vieja pista auxiliar de arena, que le dio su espacio al césped e hizo que la gran pista, que es orgullo del Argentino, sufriera por el uso intensivo en vareos y carreras.
En los últimos meses, los coipos, esa especie de castores que se multiplican en el verde de la pista, dejaron de ser simpáticos y los jockeys los consideran un riesgo cierto. La Ciudad de Buenos Aires envió especialistas para erradicarlos, sin resultados positivos. El sábado, Jazz Seiver dio un salto unos metros antes del disco, guiado por Adrián Giannetti, quien luego de ganar el Clásico Expressive Halo calificó al circuito vegetal como “muy peligroso”.  
Ninguna pista es ideal para todos, todas tienen sus bemoles, sus secretos y sus cambios. Palermo debe “parar” su pista secundaria para reacondicionarla o resembrarla. En su origen, no estaba destinada para clásicos de Grupo, acaso como una forma de respetar la tradición verde de San Isidro, que nunca agendó un clásico de grado en su excelente terreno de arena. Pero aquello no se cumplió, acarreando incluso modificaciones en las distancias de carreras de gran arraigo, como el Gran Premio San Martín (G I). Retroceder un paso para avanzar diez es rédito puro.  

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